Atreverse a empezar

 

En mi paseo habitual, hoy tomé una ruta desconocida, me adentré en un barrio que no había pisado nunca, tan cerca y tan lejos de mi casa al mismo tiempo. Separado por una línea, una calle especialmente transitada y que dificulta la permeabilidad entre mi barrio y el de al lado. Es curioso, porque conozco todos los barrios colindantes al mío, y sin embargo éste era un lugar totalmente inhóspito, tanto, que apenas existía en mi mapa mental de la ciudad que contenía zonas mucho más alejadas.

El caso es que hoy, no sé por qué, atravesé la calle, crucé la línea, y me adentré en un lugar extraño, oscuro, y no demasiado limpio ni perfumado. En definitiva, muy diferente a lo que estoy acostumbrada. Yo seguía a mis pasos, y mis pies me llevaban por calles que no me gustaban, con edificios feos, descuidados y al borde de la ruina. Llegué a sentir miedo. Un miedo muy profundo hacia un terreno desconocido, hacia las personas extrañas que veía, hablando diferentes idiomas y vistiendo raras ropas. Pero era mi momento de experimentar, y no me acobardé, seguí adelante a pesar de todo. Al final de la calle, sorprendentemente, encontré un jardín maravilloso. Un cercado rodeaba un jardín y un huerto con unos pequeños edificios modernistas recién restaurados, y que se me presentaron a modo de casa de golosinas y chocolate. La sorpresa fue mayúscula. Se trata de un recinto con pequeños huertos cuidados por los mayores del barrio. Allí estaban las tomateras, las calabazas, los espantapájaros, las hierbas aromáticas… Desde allí divisaba la gran carretera de entrada a la ciudad (cuántas veces habría pasado por ella y ni si quiera se me habría ocurrido mirar hacia allí arriba donde ahora me encontraba, entonces ese lugar ¡no existía!). Empecé a imaginar a los cuidadores del huerto, preparando el terreno con esmero, incluso enseñando a los niños las prácticas horticultículas más sencillas, un espacio de compromiso y amor hacia la naturaleza, de convivencia y de respeto a la vida. Me sentí reconfortada y pensé que las dificultades del camino habían sido sobradamente recompensadas. En la vuelta hacia mi casa, volví a ver aquellos edificios de una manera diferente, comprendí a las personas, respeté sus diferencias, y sentí el lugar también como mío.

Hoy me enfrenté a mi sombra, a mi lado oscuro, y me di cuenta de que también forma parte de mí y que lo amo.

 

El mínimo impulso de cambiar, de superar un límite, de cruzar la frontera con lo desconocido, debe ser tenido en cuenta, debe ser escuchado. Podemos encontrar un final maravilloso, podemos tener problemas, pero sin duda aprenderemos algo esencial de nosotros mismos. No dejéis de escuchar la llamada del cambio, a veces tu cuerpo te lo pide, te da pequeñas señales luminosas. Yo tan solo tuve que seguir mis pies y dejar de pensar. Aprendí que puedo sentir miedo, pero que esto es transitorio, lo importante es empezar, atreverse, y aquí nace este blog que llevaba meses hibernando. Meses de indecisión, de temores, que hoy finalmente se han deshecho, disueltos como niebla frente el Sol.

Os invito a compartir esta aventura conmigo, a motivarnos y preguntarnos mutuamente, a sorprendernos y a aprender. Sé que hay cosas más científicas, otras más esotéricas, otras más culturales, otras más personales, porque creo que todas ellas están relacionadas y son diferentes facetas de la misma piedra preciosa ¿Os atrevéis a acompañarme en esta aventura? Desde aquí os doy la más cordial bienvenida a todos y todas.

Audio: “Me llamas” de José Luis Perales, cantado por el bachatero dominicano Héctor Acosta.

http://grooveshark.com/s/Me+Llamas/3f0x4n?src=5

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