Convicción y valentía I

 

“Si algún ignorante de las ciencias matemáticas se atreve a reprobar este libro porque contradice algún pasaje de la Sagrada Escritura, que ha miserablemente interpretado en contra nuestra, le desprecio y ni tan sólo paro atención a su juicio. Lo que he escrito aquí, lo someto principalmente a Vuestra Santidad y después al juicio de los entendidos en matemáticas…” Estas son las esclarecidas palabras con las que Copérnico dedicaba al Papa Paulo III su obra magna De Revolutionibus Orbium coelestium libri sex, impreso en Nuremberg en el año 1543. Es digno de admiración, que en aquellos tiempos tan oscuros, alguien tuviera la valentía de creer firmemente en sus convicciones más profundas pasando por alto las dramáticas consecuencias que podrían suceder. Por suerte para Copérnico, la muerte natural le visitó pocas semanas después de haberse publicado su obra…

Copernico

Quien tampoco tuvo que lidiar con procesos inquisidores ni fanáticos fue, años más tarde, Johannes Kepler, que también se despachaba a gusto en su obra Harmonices Mundi, “Lo que profeticé hace veintidós años, cuando descubrí las relaciones de los cinco cuerpos geométricos regulares y los cuerpos celestes, por fin lo he conseguido. Para lograrlo fui a reunirme con Tycho Brahe, en Praga, y he dedicado la mayor parte de mi vida a las observaciones astronómicas. Pero hace tan sólo dieciocho meses que el primer rayo de luz iluminó mi mente; fue sólo hace tres meses cuando empecé a verlo claro, y sólo hace pocos días que la verdad entera brilla para mí. Nadie puede ya detenerme. He triunfado, llevando los vasos de oro de los egipcios al tabernáculo que he erigido para mi Dios. Si me perdonáis, me alegraré; si me condenáis, no me importa. La suerte está echada, el libro está escrito. ¿Qué diferencia puede haber entre que se lea ahora o que lo lean las generaciones futuras? Acaso tendré que esperar un siglo para conseguir un lector; Dios ha tenido que esperar seis mil años para que un hombre llegara a comprender sus leyes“.

Así quedó escrito por los siglos de los siglos, y leyéndolo ahora es evidente que la valentía de estos autores, y quizás también, por qué no decirlo, su chulería, denotan un convencimiento total con la obra de toda su vida. Fue su entrega profunda a la difusión de una idea, lo que actuó de eje primordial en sus vidas, obviando consideraciones económicas o políticas de la época. Y no creo que en esos tiempos ello fuera más fácil que ahora (Galileo no salió de rositas…). Sin embargo encuentro que en estos momentos nos cuesta mucho más definir claramente nuestras ideas. Y por claramente considero que no debería tener cabida tanto esfuerzo por revestirlas de aquellos complementos, intoxicaciones, disfraces y vaguedades que nos hacen perder el norte cuando queremos expresarnos.

Quizás por querer quedar bien con todo el mundo, lo que ya sabemos que es del todo imposible, o no significarnos demasiado para así pasar desapercibidos y no crear problemas, dejamos de mostrarnos tal como somos, con claridad diáfana, con transparencia. Lo “políticamente correcto” nos coarta en gran medida a la hora de comunicarnos con los demás y esto es especialmente problemático con algunas profesiones que mueven opinión entre las masas. En nuestra vida personal nosotros decidimos hasta donde queremos mostrarnos, qué nos protege o qué queremos/necesitamos esconder. Pero un personaje público, un periodista, o un político sabe que es escuchado por mucha gente y que es modelo e incluso ídolo de muchas personas. Entiendo que puedan tener opinión y expresarla públicamente sobre cualquier tema, sólo faltaría, nos guste más o menos lo que dicen. Pero lo que resulta realmente incomprensible es que sus opiniones puedan variar dependiendo de a qué partido político pertenecen, en qué diario escriben, o qué productora les ha contratado. Que yo sepa a eso no se le puede llamar democracia, porque no es necesario que un gobierno imponga sus normas morales o su ideario político de forma obligatoria como ocurre en las tiranías (pasadas, presentes y futuras). Tan sólo hace falta que libremente nosotros mismos nos sometamos a Otro ( el partido, el diario, la productora) olvidando nuestra propia voluntad. Y si en nuestra sociedad aparentemente no es obligatorio (porque estamos en democracia…), ¿por qué lo hacemos?¿qué nos impide ser libres de verdad? Yo no tengo respuesta. Y si la única excusa que tenemos es que necesitamos un trabajo para ganar dinero deberíamos hacérnoslo mirar…

La mayor fuente de ingresos de Kepler era la observación de los astros para redactar horóscopos. A diferencia de Copérnico no tuvo una vida fácil en lo económico y tuvo que recurrir a trabajos menores aunque no contradictorios, por lo que tampoco se le caían los anillos: “Madre Astronomía, moriría de hambre si hermana Astrología no ganara el pan…“. A pesar de eso, finalmente nada ni nadie le impidió investigar, sacar sus conclusiones y publicarlas para asombro de todos. Tuvo la valentía y el coraje, en unos tiempos difíciles, de no abandonar sus más íntimas convicciones y mostrarlas al mundo.

El tema de la convicción lo dejo para el siguiente post…

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